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Hienas

2021-06-08 02:01:46 | El Pionero

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El viejísimo chiste de por qué se ríen las yenas si viven en lo más ocuro de la selva y comen carroña, se aplica a lo que dijo ayer el señor presidente acerca de que estaba feliz feliz con el resultado electoral del domingo


    

Rara felicidad cuando su partido fue partido perdiendo 14 millones de votos de los 30 obtenidos en 2018.

Cuando su partido le salió con domingo siete perdiendo 50 diputaciones federales de las que ganó hace tres años.

Cuando a punta de votos le abrieron tremendo zocavón a su delfina la Sheubman, su conse, la niña de sus ojos.

Cuando tres de sus partidos pirata fueron borrados del mapa y de la nómina.

Cuando se esfumó su gran objetivo de alcanzar la  mayoría calificada en la Cámara de Diputados para convertir al Congreso de la Unión en el constituyente que emitiera una nueva constitución a la medida de sus objetivos socializantes.

Cuando en su barrio, el viejo Tlalpan,  a la vuelta de donde vivía antes de mudarse a un palacio, lo  sepultaron a base de votos.

Cuando en sus meros terrenos del sureste, muy cerca de la Chingada, las victorias morenistas lindaron con la derrota.

Cuando Movimiento Ciudadano le creció tanto que en Enrique Alfaro le surgió un rival formidable para su chiple Ebrard, con miras a la ineluctable sucesión, dos palabras para las que necesita vitacilina.

Cuando su Toro y su Tora son la fama negra del turismo mundial.

Cuando hubo una entidad, Querétaro, donde su partido fue dejado zapatero.

Cuando en base a su pesadilla dominguera su anhelo de emular a don Porfirio valió madre, impedido como quedó para reformar la Constitución a contentillo.

Cuando tuvo que tragar sapos al saber que los medios de comunicación libertarios tenían razón al pelearle la sagrada libertad de expresión, derrotándolo  en la víspera del día en que se celebra esta conquista ciudadana. 

Cuando Attolini, uno de sus barberos más puntuales, tragó puñados de tierra en Torreón, fracasando en su intento de lograr una curul federal para ir al Congreso a imitar a las focas.

Cuando Loera, el niño de sus ojos, sonó amplio en Chihuahua.

Cuando en Delicias y la región, de donde su querida y amorfa, su asesina Guardia Nacional, había sido echada a patadas, su partidito se hizo más chiquito. 

Cuando en el falso olimpo de su vanidad olvidó que los mexicanos tenemos memoria de elefante y no olvidamos los agravios y chistes mamones de que nos hace blanco en sus monstruosas mañaneras.

Cuando, omnibulado porque está comiendo con manteca gracias al sueldo que en mala hora le pagamos por desgraciarnos la vida, pasó por alto que si bien no vivimos, como él, para la venganza, nos encanta la desquitanza.

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