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Jirones de nuestra historia: Salvador Díaz Mirón, de lo sublime a lo fatal

2023-12-17 10:25:54 | El Pionero

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Salvador Díaz Mirón, de lo sublime a lo fatal; del más grande poeta mexicano al matón callejero; un dr. Jekyll y mr. Hyde a la mexicana. Su lado muy oscuro. Por: José Luis Jaramillo Vela


    

De buena cuna, pero de malas amistades

En su acta de nacimiento aparece su nombre verdadero, Salvador Antonio Edmundo Espiridión y Francisco de Paula Díaz Ibáñez, nació hace 170 años el 14 de diciembre de 1853 en el Puerto de Veracruz, hijo de Manuel Díaz Mirón y de Eufemia Ibáñez; la fuerza del nombre de su padre, quien era un reconocido político y periodista veracruzano, hizo que toda la gente lo llamara Salvador Díaz Mirón, por los apellidos de su padre.

Cuando Salvador tenía diez años, su padre era Gobernador del Estado de Veracruz y el niño Salvador ya mostraba signos de indisciplina escolar, así como la tendencia a la pendencia y las malas compañías, además de que su padre lo había introducido en el manejo de las armas, con el fin de enseñarlo a cazar. Su carácter, motivo por el cual su educación era irregular, pues debido a las sanciones y expulsiones escolares, Salvador comenzó a rezagarse un poco en su educación; sin embargo ya mostraba inclinación por la pluma, escribía mucho, a veces cosas sin sentido, solo por escribir algo, otras veces copiaba sus mismos escritos, o los escritos de su papá en los periódicos, simplemente porque le gustaba mucho estar escribiendo.

A la edad de trece años, es enviado a Xalapa, al Seminario, pensando sus padres que ahí se iba a reformar, pero no fue así, el puberto peleaba con sus compañeros y los reportes sobre su indisciplina se sucedían cada vez más, hasta que tuvo que ser expulsado del seminario; como quiera que sea, Salvador duró un año en el Seminario de Xalapa y a los catorce años, ahí va de vuelta a Veracruz, otra vez expulsado.

En Veracruz, las influencias de su padre le ayudaron a iniciarse en el oficio del periodismo, el cual comenzó a ejercer a los catorce años, iniciando desde abajo; el periodismo hizo que se acercara más a las malas amistades y a los pleitos de barriada y de cantina, a esa edad, Salvador ya poseía una pistola que habría conseguido en el bajo mundo; hasta que sus padres tomaron la decisión de enviarlo a Estados Unidos, con la intención ya no de que aprendiera algo, sino de alejarlo de las amistades nocivas; así, con diecinueve años de edad, ya hecho un joven, Salvador Díaz Mirón es enviado a los Estados Unidos a estudiar.

Sus padres esperaban, que su estancia en Estados Unidos en verdad le ayudara al joven Salvador a pulir sus talentos y a cambiar sus temperamentos, puesto que era un muchacho en extremo arrebatado, apasionado, beligerante y pendenciero, pero como decía el Filósofo español Miguel de Unamuno: “Lo que Natura no da, Salamanca no lo presta”, por lo que el joven Salvador Díaz Mirón pulió sus talentos, pero no sus temperamentos.

De regreso a Veracruz, periodismo y literatura, padre del modernismo

Salvador Díaz Mirón, ya con veinte años de edad, regresó a México hablando inglés, francés, latín y griego; en el periódico “El Pueblo”, se dedica de lleno al periodismo muy crítico y combativo hacia el régimen de Porfirio Díaz, sus críticas eran demasiado ácidas y violentas, que tuvo que dejar ese periódico, para irse a dirigir “El Veracruzano”, que era propiedad de su padre; Salvador no era ni comunista ni anarquista, pero su constante roce con el bajo mundo le había hecho conocer los problemas, carencias y necesidades de mucha gente que no veía la forma de salir adelante y eso despertó en Díaz Mirón, un fuerte sentido social (aunque después hizo las paces con el porfirismo).

El irascible, violento y beligerante Salvador Díaz Mirón, ya tenía tras de sí una larga lista de pleitos, duelos, zacapelas y zipizapes callejeros, en donde incluso habían salido a relucir no solo armas de fuego, sino también navajas y cuchillos; sin embargo, es cuando le llega el amor por la literatura, la poesía y la política, nadie se imaginaba como era posible que dentro de tan pendenciero y antisocial sujeto, se incubaran las más bellas y poéticas palabras que un ser humano pudiera no solo escribir, sino pronunciar, y así se inició el más grande, sublime e inspirado poeta que ha dado México y considerado de los más grandes de habla hispana.

La línea poética y literaria de Salvador Díaz Mirón, estaba por completo basada en el romanticismo, influenciado por  el gran literato francés Víctor Hugo y por el poeta español Gaspar Núñez de Arce; con el tiempo fue cambiando su estilo, hasta llegar a ser el padre del modernismo en el mundo. El modernismo de Salvador Díaz Mirón fue seguido por otros grandes literatos como Juan de Dios Peza, Manuel Gutiérrez Nájera, Manuel José Othón y el poeta nicaragüense Rubén Darío, y otros tantos poetas y literatos en el mundo.

Entre poemas y problemas entra a la política

En 1878, con el apoyo del influyente político veracruzano Teodoro Dehesa, quien logró convencer al Gobernador de Veracruz, General Luis Mier y Terán para que Salvador Díaz Mirón fuera diputado local por el distrito de Jalancingo, Veracruz, entonces Díaz Mirón se va a Orizaba, en ese momento capital de Veracruz y sede del Congreso del Estado; el Gobernador Mier y Terán, muy pronto se arrepintió de haber aceptado que Díaz Mirón fuera diputado.

En Orizaba, recién estrenado como Diputado local, al término de su primera sesión legislativa, se va a una cantina y entre trago y trago entra a una partida de naipes, al perder de manera legal, acusa al ganador, un tipo de nombre Ignacio Miguel Luchessi López de haberle hecho trampa, se niega a pagar y lo reta a un duelo; Luchessi fue más rápido y le alojó un balazo en la clavícula izquierda, que le inutilizó el brazo izquierdo de por vida. A raíz de ese suceso, Díaz Mirón recibió el apodo de “El Poeta Manco”.

Después de este hecho, el Gobernador Mier y Terán ordena el inmediato desafuero del Diputado Díaz Mirón y lo primero que se le ocurre al iracundo poeta, fue ir a la oficina del Gobernador y retarlo a un duelo, lo único que logró Díaz Mirón fue ir a parar a la cárcel por tres meses, hasta que el Gobernador se acordó que ahí lo tenía y ordenó liberarlo, y eso solo mediante la intercesión de su padre Manuel Díaz Mirón, a quien el Coronel Mier y Terán le tenía verdadera estimación.

Pero el salvaje literato de plano no entendía, ni sabía y tal vez ni quería comportarse como un ciudadano normal, así que saliendo de la cárcel fue a buscar al Coronel Manuel María Migoni, Jefe de las Tropas Estatales y quien siguiendo la orden del Gobernador, se encargó de encerrar a Díaz Mirón; pues por ese motivo, el poeta lo retó a duelo, el Coronel Migoni no se rehusó y recibió un balazo en el pecho, que de no haber sido por la cartera que llevaba en la casaca de su uniforme, le habría atravesado el corazón, quedando herido el militar.

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Al igual que en la novela de Robert Louis Stevenson, en la que el amable científico Henry Jekyll crea una pócima que al beberla separa la parte buena y la parte maléfica del ser humano, el apacible Jekyll al beberla, se convierte en el malvado Edward Hyde, capaz de cometer cualquier atrocidad.

Pues bien, a Salvador Díaz Mirón parecía sucederle exactamente lo mismo, durante el día era un inspiradísimo poeta, capaz de escribir los versos más hermosos del mundo, pero cuando decidía salir de juerga parecía aflorar lo más malévolo de su ser, comenzando porque nunca salía sin su pistola, no sabía salir de su casa si no era armado y lo único que conseguía era causar terror en donde se parara, provocando que al lugar que llegara, mucha gente mejor optaba por retirarse, sabiendo que el desequilibrado escritor podía desatar una balacera en cualquier momento.

En 1883, en el Puerto de Veracruz, Salvador sostuvo un pleito de cantina con un marinero español, solo porque no le gustó que en su pipa que fumaba tuviera motivos pornográficos; en la gresca, al ver la salvaje golpiza al marinero, interviene el comerciante español Leandro de la Llada, quien para contener al fúrico poeta, le asesta un garrotazo; esto bastó para que Salvador Díaz Mirón desenfundara su arma y asesinara al comerciante español; por este homicidio, Díaz Mirón fue a prisión, pero su abogado alegó defensa propia y el vate salió en libertad, absuelto de todo cargo.

Después del lamentable y artero homicidio, el Jefe de Carga y Descarga del Puerto de Veracruz, Lino Tenorio, solicita a las autoridades que se prohíba a Salvador Díaz Mirón el acceso a los bares, restaurantes y cantinas de la zona de los muelles, siempre rebosante de bullicio de marineros de todas partes del mundo; por supuesto que al ilustre literato no le agradó saber que su presencia era non grata y fue por Lino Tenorio, le reclamó su postura y lo retó a duelo; Tenorio murió de un certero disparo.

Con el poeta José Piedad Bejarano Sosa, quien nunca tuvo una educación formal y mucho menos una educación literaria, pero escribía versos de tipo social, muy del agrado de la gente del pueblo; pues a Bejarano lo retó a un duelo literario de poemas, pero no le agradó la simpatía y el apoyo popular del que gozaba el Vale Bejarano y terminó retándolo a un duelo a muerte; por su parte, Bejarano le respondió: “Yo no celebro la muerte, le escribo a la vida, mi única arma es mi pluma y con esa ya te derroté”, Díaz Mirón entendió el mensaje y desistió de hostigar a Bejarano, al comprender la diferencia entre ellos dos: él era muy famoso, pero Bejarano era muy popular.

En 1884, Salvador Díaz Mirón es electo como Diputado Federal al Congreso de la Unión, a pesar de que el Gobernador de Veracruz, General Juan de la Luz Enríquez ya tenía listo a su candidato para ese distrito, al inscribirse Díaz Mirón, nadie quiso competir con él, dada la fama que tenía el cavernario personaje, así que Díaz Mirón se fue solo y ganó la elección. Esto tampoco fue del agrado del Presidente, General Manuel González Flores ni del General Porfirio Díaz, el verdadero poder tras el trono, pues sabían la clase de opositor que era Díaz Mirón.

La llegada de Díaz Mirón a la Ciudad de México como flamante Diputado Federal por Veracruz, también fue noticia y trastocó varios aspectos de la vida citadina de la gran ciudad, venía precedido de una gran fama como el inmenso poeta que era, pero también cargaba su otra fama, la del retador pistolero, buscapleitos de cantina y matón de barrio; los sitios que frecuentaban los políticos y las élites de poder de la Ciudad de México, se rehusaron a recibir a tan afamado cliente, debido a que les generaba pérdidas económicas ya que al entrar él, se salían todos. A pesar de eso, había mucha gente que lo admiraba como poeta y escritor y si muchos se le apartaban, también había quienes se le acercaban para saludarlo, o para que les firmara uno de sus libros, o para platicar de poesía con él, quien gustoso aceptaba a sus admiradores y les dedicaba tiempo para charlar con ellos.

Otro sitio que fue trastocado por la presencia del Diputado Díaz Mirón, fue la propia Cámara de Diputados, nadie, ni un solo Diputado Federal deseaba que su curul estuviera cercana al poeta, mucho menos que se le ubicara junto a él; este fue un verdadero problema para el Presidente en turno de la Cámara, el vacío que sus propios compañeros le hacían era no solo muy notorio, sino que se respiraba un ambiente muy pesado y tenso dentro del recinto legislativo.

Sus intervenciones en tribuna eran una perorata de quejas, reclamos y bravuconadas hacia el Gobierno Federal y Porfirio Díaz, sin duda, muchas de ellas con justa razón, pero lo vociferante y estridente de su discurso, restaban el efecto y el impacto de sus palabras; al terminar, nadie aplaudía ni replicaba, simplemente nadie se quería meter con él, por temor a sus arranques de ira y furibundia exacerbada, que en ocasiones terminaban con un muertito.

Hasta que un día, en la sesión de la Cámara, Díaz Mirón desde la tribuna manifestó su desacuerdo y le gritó al Diputado Roberto Esteva; en su derecho de réplica, Esteva sube a tribuna y comienza diciendo: “Diputado Díaz Mirón, yo no vengo aquí a gritarle…” de inmediato, como impulsado por un resorte, Díaz Mirón se levanta de su curul y desde ahí le responde al Diputado Esteva: “¡¡Más le vale cabrón, porque a mí, al que me grita le pego y al que me pega, lo mato!!”, se hizo un pesado silencio y todos los diputados, por su cuenta comenzaron a abandonar la sesión, como si alguien les hubiera dicho que se daba por terminada la misma.

Pero ahí no terminó todo, desde su curul, Diaz Mirón retó a Esteva a un duelo a muerte; Esteva, todavía en tribuna, le responde que no ve ningún motivo para batirse a duelo, pero que en caso de que lo hubiere, legalmente estaría impedido, puesto que se encontraba desempeñando un cargo público de representación ciudadana por elección popular.

Quien no corrió con tanta suerte, fue el Diputado guanajuatense Juan Chapital, que tuvo la “osadía” de manifestar desde la tribuna su desacuerdo con ciertos puntos tratados por Díaz Mirón; al terminar la sesión, Díaz Mirón busca a Chapital y lo ve platicando con un grupo de diputados; al acercarse Díaz Mirón, le reclama por no estar de acuerdo con él, y sin más, saca su pistola y la descarga sobre el Diputado Juan Chapital, quien de manera muy ágil se tiró al piso, salvando su vida, al recibir solo una herida sin gravedad en una pierna.

En Palacio Nacional, el Presidente Porfirio Díaz, ordena al Secretario de Guerra y Marina, General Carlos Pacheco Villalobos la inmediata detención del peligroso diputado; “¡Si se resiste, lo tumban!”, fue la orden de Porfirio al General Pacheco; mientras que al Secretario de Justicia, Lic. Joaquín Baranda y Quijano, le ordenó que cuando menos dos años lo metiera a la cárcel; y así fue, le fincaron cargos por intento de homicidio y fue dos años a prisión.

Esos dos años en prisión fueron muy prolíficos en su producción poética y literaria, la prisión parecía acrecentar su inspiración.

Sale de la cárcel, continúa el enorme poeta, pero sigue siendo el mismo

Al quedar de nuevo en libertad, parecía que acababan de sacar a una fiera de su jaula, Díaz Mirón traía una ira acumulada contra Porfirio Díaz por esos dos años en prisión, pero muy bien sabía que enfrentarse a Porfirio eran palabras muy mayores, fuera o no fuera presidente, por lo que buscó con quien armar camorra, pero hizo una muy mala elección.

Don Francisco de Landero y Cos, otro ilustre veracruzano paisano suyo y ex Secretario de Hacienda y Crédito Público en el gobierno del General Manuel González Flores, un hombre muy querido no solo en Veracruz, sino en todo el Gobierno Federal y sobre todo, muy estimado por Porfirio Díaz, un hombre realmente buen servidor público y de una gran calidad humana que lo hacía ser una persona muy apreciado por todos los sectores sociales.

Díaz Mirón se entera de que desde antes de ser Diputado Federal, ya existía una notificación sobre el pago de sus impuestos que generaban la gran cantidad de libros que vendía; dicho documento estaba firmado por el entonces Secretario de Hacienda, Francisco de Landero y Cos. Tras una serie de reclamos por lo que Salvador considera un cobro excesivo de impuestos y fiel a su estilo bravucón, reta a duelo a muerte a Don Francisco de Landero y Cos, quien en ese momento había sido designado por Porfirio Díaz como Administrador General de Correos de México.

El Presidente se entera de la amenaza hacia su amigo y colaborador y le envía un emisario a Díaz Mirón, nada menos que a su sobrino, el General Félix Díaz, Jefe del Estado Mayor Presidencial, con la misión de ponerle un “estáte quieto” al belicoso compositor. Nunca se supo que habló el General Félix Díaz con Salvador Díaz Mirón, pero de que le pusieron las cartas sobre la mesa, de que los puntos quedaron sobre las íes y de que el mensaje fue claro, preciso y contundente, a nadie le quedó la menor duda, pues durante los siguientes ocho años Salvador Díaz Mirón se anduvo realmente derecho y por la derecha.

Otro artero homicidio y más reja para Díaz Mirón

Para finales de 1904, Salvador Díaz Mirón, tras ocho años de una gran producción literaria y poética, se cansó de “portarse bien”, eso es relativo, porque nunca le faltaron las peleas; Díaz Mirón volvió a salir armado de su casa y en un bar entabla una discusión con un joven de veinticinco años de nombre Federico Wolter, la discusión los lleva a una pelea y el joven Wolter para defenderse toma un bastón que encuentra y le propina unos cuantos bastonazos a Díaz Mirón, quien se acuerda que anda armado, saca su pistola y de dos balazos en la cabeza asesina al joven Federico Wolter.

La orden presidencial no se hace esperar, el General Félix Díaz, ahora Jefe de la Policía de la Ciudad de México, gustoso busca al asesino por cada rincón de la ciudad, hasta que da con él y lo pone tras las rejas, por homicidio el juez le da cinco años de cárcel, sin derecho a fianza y por órdenes de Porfirio, sin ninguna clase de privilegios ni consideraciones dentro de la prisión.

Durante estos cinco años de cárcel, Salvador Díaz Mirón deja el estilo del romanticismo y crea un nuevo estilo literario que en el mundo entero se puso de moda con el nombre de “Modernismo”.

La pipa de la paz con el gobierno porfirista

Durante su segundo período en prisión, Díaz Mirón se da cuenta de varias cosas, la primera es que el General Félix Díaz le está haciendo la vida imposible, si es que puede llamarse vida a estar en prisión; no tenía acceso a nada, todos los derechos como prisionero le habían sido cancelados, sus raciones alimenticias le eran servidas al último y le habían reducido las porciones y además, había muchos prisioneros que estaban deseosos de destrozarlo y que bastaba una orden de Félix Díaz para que se le fueran encima, en fin, se dio cuenta de que lo querían muerto dentro de la cárcel.

Por ese motivo, comenzó a tejer una serie de hilos hacia el gobierno, principalmente hacia el vicepresidente Ramón Corral, de quien sabía, le gustaba mucho su poesía y a pesar de todo, se caían bien; los puentes que tendió dieron resultado, pues su vida en prisión mejoró y ya no se veía tan seguido a Félix Díaz; incluso desde prisión comenzó a escribir artículos periodísticos favorables al régimen porfirista, con la intención de ganarse la voluntad del Presidente.

Para septiembre de 1910, el gobierno porfirista preparaba una imponente celebración del Centenario de la Independencia de México; para el evento, vendrían a México presidentes, reyes, embajadores, primeros ministros, príncipes y toda clase de altos dignatarios y Jefes de Estado de todo el mundo, pero había un problema…

El problema era un sujeto de nombre Santana Rodríguez Palafox, alias “Santanón” un intratable, temible y terrible bandolero que tenía asolado al Estado de Veracruz, sus actos criminales eran de una brutalidad poco vista y como la gran mayoría de los invitados especiales desembarcarían en Veracruz, de ahí a la Ciudad de México serían víctimas fáciles para Santanón y su banda de malhechores, y ese sí era un gran problema que Porfirio Díaz ya estaba enfocado en resolver de tajo.

Para enero de 1910, se cumpliría la sentencia de Díaz Mirón en la cárcel y debía ser liberado, por lo que le ofrece al vicepresidente Ramón Corral que una vez en libertad, él mismo se ofrecería como voluntario para atrapar a Santanón, lo único que pedía era un grupo de soldados a su mando, y una vez cumplida la misión, una oportunidad política; Porfirio ya tenía listo al General Manuel González de Cosío para salir a exterminar a Santanón y su banda, pero aceptó la propuesta de Díaz Mirón y le aseguró que si tenía éxito, sería Gobernador de Veracruz, y si algo respetaba Porfirio, era su palabra.

Durante un mes, Díaz mirón y la tropa de rurales veracruzanos al mando del Cabo Francisco Cárdenas persiguieron al sádico bandolero, quien para provocarlos cada vez cometía crímenes más brutales; tras un mes, Díaz Mirón le dice al Cabo Cárdenas que se retira de la búsqueda y que si desea continuar él lo puede hacer; Cárdenas, perfecto conocedor de la selva y de la sierra veracruzana, le dice que es cuestión de días para atraparlos y que no desista; Díaz Mirón se retira y tres días después, el Cabo Francisco Cárdenas se enfrenta al temible asaltante matándolo a él y a parte de su banda, a los demás los hicieron prisioneros.

Díaz Mirón quiso madrugar a Porfirio y envió telegrama informando que ya los habían liquidado y que iba para México, pero Porfirio ya tenía en sus manos el parte de novedades firmado por el Cabo Francisco Cárdenas en donde se detallaba la operación y se informaba la deserción de Salvador Díaz Mirón; Porfirio Díaz ascendió a Cárdenas como Mayor de Caballería y lo hizo Comandante del Cuerpo de Rurales de Veracruz. A Díaz Mirón el vicepresidente Ramón Corral le dio el mejor consejo, quedarse calladito, puesto que la deserción es considerada por los militares como un acto indigno.

El Mayor Francisco Cárdenas, tres años más tarde sería tristemente célebre al ser el ejecutor del Presidente Francisco I. Madero por la espalda, bajo las órdenes de Victoriano Huerta.

El cierre

A la caída del régimen porfirista, Salvador Díaz Mirón no era partidario de Madero, por lo que se retiró a su natal Puerto Jarocho, donde continuó con su magnífica obra poética y literaria; cuando es asesinado Madero, entra el usurpador Victoriano Huerta de quien Díaz Mirón era fiel partidario, lo que le acarreó severas críticas, pero no le importó y desde su periódico publicaba elogios para Huerta.

Cuando Huerta es derrocado, Díaz Mirón se autoexilia ante la llegada de Venustiano Carranza al poder; sin embargo, desde el exilio Díaz Mirón continúa escribiendo artículos pro-huertistas, solo por molestar a Carranza, quien nunca lo exilió, fue el propio Salvador quien decidió irse del país. En el exilio, Díaz Mirón vivió años verdaderamente malos, en condiciones de vida muy precarias.

Finalmente, en 1919 el Presidente Venustiano Carranza, un tipo con una diplomacia de altísimo nivel, lo invita a regresar a México sin ningún problema y le ofrece empleo o una pensión, Díaz Mirón agradece el gesto, pero rechaza ambas; prefiere regresar a Veracruz, en donde el Gobernador del Estado, General de División Cándido Aguilar Vargas, yerno de Carranza y por instrucciones de éste, le ofrece trabajo y la libertad de publicar sus artículos y poemas.

Una última y me voy…

En junio de 1928, Salvador Díaz Mirón era catedrático de la Universidad Veracruzana, del Colegio Preparatorio de Veracruz y periodista; era la primera semana de junio y Díaz Mirón impartía su cátedra en la Preparataria cuando el alumno Carlos Ulibarri no supo contestar una pregunta del profesor Díaz Mirón, llevándose tremenda reprimenda, Díaz Mirón sacó su pistola y la emprendió a cachazos de arma contra el pobre alumno, quien fue a dar al hospital con la cabeza molida a golpes. En el futuro, Ulibarri sería un prestigiado y reconocido Odontólogo.

Unos días más tarde, Salvador Díaz Mirón fallece en su casa el 12 de junio de 1928 a los 74 años de edad; Murió siendo miembro de la Academia Mexicana de la Lengua; por instrucciones del Presidente Plutarco Elías Calles fue sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres, donde permanecen sus restos.

Salvador Díaz Mirón, el más grande poeta que ha dado México, padre del Modernismo y catalogado entre los tres máximos poetas de la lengua hispana de todos los tiempos, en eso coinciden historiadores, lingüistas, literatos y académicos de todo el continente, pero también es imposible ocultar su lado más oscuro, y ese es el que hoy relatamos.

Fuentes Bibliográficas:

+ inba.gob.mx

+ biografiasyvidas.com

+ mexicodesconocido.com.mx

+ academia.org.mx

+ inehrm,gob.mx

+ elem.mx

+ buscabiografias.com

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+ mcnbiografias.com

+ crónica.com.mx

+ aguapasada.wordpress.com

+ mugsnoticias.com.mx

+ es.wikipedia.org

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